Por Tony Raful (hijo)

El vacío no lo inventaron las redes, pero lo aceleran. Viene de una época que ha relativizado casi todo, que ha debilitado los límites y que cada día más precisa una ética que sea capaz de vincularnos.

En 1985, Tina Turner pedía para la película Mad Max Beyond Thunderdome que los niños cantaran el estribillo de “No necesitamos otro héroe”. La canción expresaba el cansancio de una generación ante unos héroes que, como el protagonista Max, ofrecían la salvación mediante la violencia y reciclaban liderazgos que terminaban en opresión. Ellos querían escapar de ese estado de cosas, de la distopía. “Todo lo que queremos es una vida más allá de la Cúpula de Trueno (Thunderdome)” continuaba la canción.

Consumir las redes sociales en estos meses me ha llevado a una declaración de principios similar, pero con un matiz perturbador “No necesitamos otro villano más”.

Hace tiempo guardo un borrador de artículo en el que me preguntaba por las figuras que han desaparecido del debate público. Voces más complejas y formadas, trabajadores de la información rigurosa, personas que escapaban del escándalo fácil y que desarrollaban raíces y sentido de comunidad.

Pienso en figuras como Teofilo Barreiro, Bueyón, Dagoberto Tejeda, Yaqui Núñez, Juan Bosch, figuras que exigían tiempo para digerir, cuyo fin no solo era generar dopamina. No creo que esta desaparición sea casual, porque la realidad es que no siempre caben en un clip de treinta segundos. Y nuestro momento social parece alimentarse más para la indigestión, recompensando la rapidez y lo emocionalmente intenso. Eso impide que maduren figuras con densidad intelectual. En su lugar, se imponen los sucedáneos: el caos sustituye al escándalo, el pico de atención se encadena con otra dosis de scrolleo, y al final el vacío.

Ese vacío no lo inventaron las redes, pero lo aceleran. Viene de una época que ha relativizado casi todo, que ha debilitado los límites y que cada día más precisa una ética que sea capaz de vincularnos.

No creo que esta desaparición sea casual, porque la realidad es que no siempre caben en un clip de treinta segundos. Y nuestro momento social parece alimentarse más para la indigestión, recompensando la rapidez y lo emocionalmente intenso. Eso impide que maduren figuras con densidad intelectual. En su lugar, se imponen los sucedáneos: el caos sustituye al escándalo, el pico de atención se encadena con otra dosis de scrolleo, y al final el vacío.

Ese vacío no lo inventaron las redes, pero lo aceleran. Viene de una época que ha relativizado casi todo, que ha debilitado los límites y que cada día más precisa una ética que sea capaz de vincularnos.