
Por: Ysaias J. Tamarez
El feminicidio se considera una de las expresiones más extremas de violencia contra la mujer y uno de los mayores desafíos para la seguridad pública y los sistemas de justicia contemporáneos. Tradicionalmente, este fenómeno ha sido estudiado desde el derecho, la criminología y la sociología. Sin embargo, durante las últimas décadas la neurociencia ha comenzado a aportar conocimientos valiosos para comprender algunos de los procesos cerebrales asociados a la violencia letal contra la mujer.
Resulta importante aclarar que la neurociencia no busca justificar el feminicidio ni disminuir la responsabilidad penal del agresor. Ninguna alteración cerebral convierte automáticamente a una persona en criminal. Lo que esta disciplina pretende es comprender cómo determinados factores biológicos, psicológicos, sociales y ambientales pueden influir en conductas violentas extremas.
Uno de los principales hallazgos de la neurociencia moderna se relaciona con la corteza prefrontal, región cerebral encargada del autocontrol, la regulación emocional, la planificación y la toma racional de decisiones. Diversas investigaciones han demostrado que algunos individuos con comportamientos altamente violentos presentan alteraciones funcionales en esta área, lo que puede traducirse en dificultades para controlar impulsos agresivos y gestionar emociones intensas.
El neurocriminólogo Adrian Raine, considerado uno de los principales referentes mundiales en el estudio biológico de la violencia, sostiene que ciertos agresores violentos muestran patrones neurobiológicos asociados con impulsividad, baja empatía, escasa tolerancia a la frustración y dificultades para anticipar las consecuencias de sus actos. Sin embargo, también advierte que estos factores nunca actúan de manera aislada, sino en combinación con el entorno social y cultural donde se desarrolla el individuo.
Otra estructura cerebral relevante es la amígdala, responsable del procesamiento de emociones como el miedo, la ira y las respuestas defensivas. Estudios de neuroimagen han encontrado que algunos agresores presentan respuestas exageradas de esta estructura frente a situaciones de conflicto emocional. Cuando la amígdala se activa de manera intensa y la corteza prefrontal no logra regular adecuadamente esa reacción, pueden producirse respuestas impulsivas de agresividad extrema.
Desde la criminología contemporánea, uno de los elementos más frecuentes en los feminicidios es la conducta de control. Muchos agresores desarrollan patrones persistentes de vigilancia, posesión, celos patológicos, aislamiento social de la víctima y necesidad de dominio absoluto sobre la relación. La neurociencia ha identificado que estos comportamientos pueden estar vinculados a procesos cognitivos distorsionados, donde el agresor percibe a la pareja como una extensión de sí mismo y no como una persona autónoma con derechos y libertades propias.
La ruptura de la relación es uno de los momentos de mayor riesgo. Diversos estudios internacionales han demostrado que una proporción significativa de feminicidios ocurre cuando la víctima intenta terminar la relación o iniciar una nueva vida independiente. Algunos agresores interpretan esta decisión como una amenaza a su identidad, autoestima o control emocional, generándose respuestas de ira extrema que pueden culminar en violencia letal.
Las estadísticas internacionales reflejan la gravedad de este fenómeno. Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), durante el año 2024 al menos 3,828 mujeres fueron víctimas de feminicidio o muerte violenta por razones de género en 26 países y territorios de América Latina y el Caribe. Esto equivale a aproximadamente 11 mujeres asesinadas cada día por razones vinculadas a violencia de género. Honduras registró una de las tasas más elevadas de la región, seguida por Guatemala. Estos países hoy continúan enfrentando importantes desafíos en materia de violencia contra la mujer.
A nivel mundial, ONU Mujeres y la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito estiman que alrededor de 85,000 mujeres y niñas fueron asesinadas intencionalmente durante el año 2024. De ellas, aproximadamente 60 % murieron a manos de parejas íntimas u otros familiares. En términos prácticos, una mujer fue asesinada cada diez minutos en algún lugar del mundo por personas pertenecientes a su entorno más cercano.
No obstante, sería un error atribuir el feminicidio exclusivamente a factores biológicos o neurocientíficos. La violencia contra la mujer es un fenómeno complejo influenciado por patrones culturales, desigualdades históricas, aprendizaje social de la violencia, consumo de alcohol y drogas, acceso a armas de fuego.
La prevención exige actuar antes de que la violencia alcance niveles irreversibles. La identificación temprana de amenazas, conductas obsesivas, persecución, control extremo, antecedentes de agresión física o psicológica y acceso a armas es una herramienta fundamental para reducir riesgos. La neurociencia demuestra que la violencia extrema rara vez surge de manera espontánea; normalmente es el resultado de una escalada progresiva de factores emocionales, cognitivos y conductuales que pueden ser detectados con anticipación.
Comprender el cerebro de un feminicida no significa justificar sus acciones. Significa fortalecer la prevención, mejorar los sistemas de evaluación de riesgo y desarrollar políticas públicas capaces de proteger a las potenciales víctimas. Porque detrás de cada feminicidio consumado suele existir una historia previa de violencia, amenazas y control que, en muchos casos, pudo haber sido identificada e interrumpida a tiempo.
