
Por: Mariela De Aza
La muerte de Deyvi Carlos Abreu Quezada en circunstancias tan dolorosas, no solo enluta a una familia; también nos enfrenta a una realidad incómoda: estamos reaccionando con violencia ante situaciones que, en otro contexto, podrían resolverse de forma racional.
No se trata de un hecho aislado. Casos similares ocurren con más frecuencia de la que se admite públicamente. Conflictos mínimos —un roce entre vehículos, un retrovisor doblado, una discusión en la vía— escalan hasta convertirse en tragedias. La pregunta obligada es: ¿qué nos está pasando como sociedad?
La respuesta no es simple, pero sí evidente en varios frentes. Vivimos en una cultura de inmediatez, donde la reacción suele anteceder al pensamiento. El estrés cotidiano, las presiones económicas y la sensación de inseguridad permanente generan un estado de tensión constante. En ese escenario, cualquier incidente puede detonar una respuesta desproporcionada.
A esto se suma una carencia profunda: la educación emocional. A muchos no se nos enseñó a manejar el enojo, a comunicarnos sin agresión ni a regular impulsos. La frustración, en lugar de procesarse, se descarga. Y cuando no existen herramientas internas, la violencia se convierte en una salida rápida, aunque destructiva.
Las redes sociales, lejos de ser un espacio neutral, han amplificado este fenómeno. Más allá de lo que se proyecta, los comentarios revelan una realidad preocupante: intolerancia, descalificación y agresividad frente a opiniones distintas. Este comportamiento digital no se queda en lo virtual; se traslada a la vida diaria y moldea la forma en que interactuamos.
Otro elemento clave es el aprendizaje por observación. Desde edades tempranas, muchas personas crecen en entornos donde la reacción violenta es común, donde no hay consecuencias claras ante la agresión y donde predomina una actitud defensiva constante. Estos patrones se interiorizan, se repiten y terminan normalizándose.
Lo más alarmante es la insensibilización progresiva. La violencia ya no sorprende como antes. Se graba, se comparte y se consume. Se convierte en contenido. Y en ese proceso, el dolor ajeno pierde peso, mientras la empatía se diluye.
Es importante decirlo con claridad: el problema no son solo los motoristas, ni un grupo específico. Es una cultura que reacciona antes de pensar, que valida la confrontación inmediata y que ha perdido, en muchos casos, la capacidad de contenerse.
La violencia no siempre nace del odio. En muchas ocasiones surge de la ignorancia emocional, de heridas no atendidas, de la incapacidad de gestionar lo que se siente. Por eso, la solución no puede limitarse a medidas punitivas. Requiere una transformación más profunda: educación emocional, promoción de la tolerancia y fortalecimiento de valores que prioricen la vida y la convivencia.
Si no aprendemos a detenernos, a pensar antes de actuar, seguiremos lamentando tragedias que pudieron evitarse. La reflexión no puede quedarse en el momento de la conmoción. Debe traducirse en cambios reales, tanto individuales como colectivos.
Porque, al final, la sociedad que somos es el resultado de las decisiones que tomamos, incluso —y sobre todo— en los momentos de mayor tensión.
