Por:Angélica Félix Especialista en Desarrollo Social y Gestión de Riesgos Psicosociales

En estos días, mientras el país se inundaba, hubo algo que quedó más que evidente: seguimos tomando decisiones tarde. A propósito del artículo “Esperando la alerta roja… mientras el país se inunda”, de Jeffrey Medina Rivas, surge una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿por qué seguimos esperando una señal oficial para proteger lo que ya sabemos que está en riesgo?

Porque el problema no es la lluvia. El problema es que, muchas veces, actuamos como si el riesgo comenzara cuando alguien lo declara.

La historia reciente del país lo confirma 

Frente a eventos climáticos, repetimos el mismo patrón: una respuesta que se activa en la emergencia, pero que llega tarde frente a señales que ya advertían el riesgo. Entre ese momento y la reacción, hay un vacío crítico. Y es en ese vacío donde se concentran los mayores daños: pérdidas materiales, interrupciones de medios de vida y, en los casos más graves, vidas humanas.

Cuando los suelos están saturados y las lluvias se acumulan durante días, el riesgo no es una posibilidad: es una realidad en desarrollo. Sin embargo, muchas decisiones laborales, institucionales y personales siguen dependiendo de si hay o no una alerta roja, como si la vida pudiera ponerse en pausa hasta que alguien lo confirme.

Pero hay algo que muchas veces se invisibiliza: el ecosistema real de una persona.

Obligar a alguien a mantenerse en su lugar de trabajo en medio de estas condiciones no es solo exponerlo a la lluvia. Es exponerlo a calles inundadas, accidentes, colapso de vías, caída de estructuras o cables eléctricos. Es asumir riesgos acumulativos que van mucho más allá de lo evidente.

Y el impacto no se queda en la persona. Mientras alguien intenta cumplir con su jornada, hay hijos e hijas que pueden estar solos en casa, en medio de apagones, con miedo y sin acompañamiento. Hay familias que quedan fragmentadas en el momento en que más necesitan estar juntas.

Hemos aprendido a reaccionar, pero no necesariamente a anticipar. Hemos fortalecido la respuesta, pero no siempre la prevención. Y en ese desequilibrio, seguimos llegando tarde. No actuar cuando el riesgo es evidente no es neutral. No decidir también es una decisión.

Quizás el cambio no está solo en mejorar los sistemas de alerta, sino en transformar la forma en que decidimos: pasar de reaccionar a anticipar, de esperar instrucciones a asumir responsabilidad.

Actuar antes no es solo prevención, es una forma de entender lo que realmente importa.

No se trata solo de sobrevivir, sino de vivir con condiciones humanas adecuadas, incluso en contextos de riesgo. Eso es, en esencia, el cuidado integral de la vida.

No son números ni eventos: son personas, familias, historias que no deberían quedar expuestas. Porque cuidar la vida también es decidir antes, incluso cuando nadie lo decreta.