
A un año de JetSet el país tiene una decisión que tomar. Podemos seguir refugiándonos en explicaciones fáciles, en el “nadie quería que eso pasara”, en el relato de la “negligencia típica”, en la resignación de que “así somos”.
Un año desde que la voz de Ruby Pérez se apagó abruptamente. Un año desde que la alegría se convirtió en silencio. Un año desde que decenas de vidas quedaron suspendidas. Ha pasado un año desde la tragedia de JetSet. Un año. Un año que no ha sido suficiente para procesar lo que pasó.
Lo ocurrido en JetSet no puede reducirse a la etiqueta de “negligencia”. No fue simplemente el típico descuido que tantas veces toleramos como parte de una cultura dominicana tradicionalmente permisiva. No fue un error más en la larga lista de “cosas que pasan” en República Dominicana. Fue algo más grave, mucho más incómodo de reconocer: un caso claro del más abyecto desprecio a la salud, integridad y vida humana ajenas.
Detrás de cada víctima hubo una cadena de decisiones que no pueden explicarse como simple torpeza. Hubo señales ignoradas, responsabilidades diluidas, advertencias que no encontraron oídos. Hubo, en esencia, una normalización peligrosa de poner en riesgo la vida de otros en nombre de la conveniencia, del ahorro o de la indiferencia. Y eso duele. Duele porque implica que no fue inevitable. Duele porque significa que pudo evitarse. Duele porque revela algo más profundo que una falla puntual: revela una cultura en la que la vida, a veces, pesa menos que el peso.
A un año de JetSet el país tiene una decisión que tomar. Podemos seguir refugiándonos en explicaciones fáciles, en el “nadie quería que eso pasara”, en el relato de la “negligencia típica”, en la resignación de que “así somos”. O podemos asumir, con la seriedad que merecen las víctimas, que lo que ocurrió fue una manifestación de algo más grave: una tolerancia estructural al riesgo ajeno, una falta de consecuencias reales, una peligrosa banalización del deber de cuidado.
Recordar JetSet es un acto de memoria, pero debe ser también un acto de responsabilidad. Es preguntarnos si hemos cambiado algo. Si hoy exigiríamos más. Si hoy toleraríamos menos. Si hoy alguien tomaría decisiones distintas. El verdadero homenaje a quienes perdieron la vida no está en las flores ni en los discursos. Está en romper con la indiferencia que hizo posible la tragedia.
Que este aniversario no sea solo un recordatorio del dolor, sino un punto de inflexión. Que no volvamos a llamar “negligencia” a lo que, en el fondo, es desprecio. Y que nunca más tengamos que escribir un texto como este.
